domingo, 10 de agosto de 2008

Cucaracha en baile de gallinas


Algunos puertorriqueños quisieran escapar porque las cosas están malas, otros quieren conocer mundo, ir de vacaciones, aprender otro idioma, trabajar y ganar un buen sueldo... Pero sentirse como un extraño en su tierra sólo lo conseguimos unos cuantos. Yo me fui sin escapar. La marea me llevó al otro lado del Atlántico y después de probar la vida mediterránea una vez, recaí. No es fácil asimilarse... siendo extranjera, me siento extraña 24/7. Pasan los años y la otredad se hace parte de uno, del propio lenguaje y pensamiento. Evidentemente te empiezas a acostumbrar y a sentirte segura dentro de lo extraño.

Es cierto que esta es la primera vez que estoy "de visita" en mi casa. Eso conlleva que te atiendan especialmente porque eres la novedad... pero lleva consigo la sensación de estorbo. Cuando ya no eres la novedad de los primeros días, te conviertes en una cosquillita en la parte trasera del cerebro de los demás, que no pueden hacer más que seguir con sus vidas de las cuales tu estás permanentemente ausente. La costumbre lleva una inercia que te desplaza y la soledad te azota. Así como llego alérgica a la sangre ensalitrada del boricua hasta que salgo de la anafilaxis porque se me salan las venas, soy alérgica sin cura a la soledad. El mayor síntoma de ello es que me pongo tremendista y profundamente triste.

Supongo que todo es parte del paso del tiempo, el crecimiento de las responsabilidades y la necesidad. Los círculos sociales se vuelven claustrofóbicamente pequeños y los momentos de esparcimiento son un lujo que el salario no te permite salvo ciertos fines de semana, horas de "break" y días feriados. Los cumpleaños se vuelven obligaciones y las cenas, un estrés. Los deberes laborales son una de las pocas cosas que sabes que no te abandonarán y que más te vale no defraudarte a ti mismo porque si no ya si que te quedas más solo que la una. Al menos los míos los he escogido yo y tengo que placer de disfrutarlos, cosa que no mucha gente puede afirmar.

A veces me aterra aferrarme más a mi familia porque cuando me voy es devastador. No quiero dejar de pensar en cómo son las cosas y cuáles son mis responsabilidades porque si me envuelvo y me la paso demasiado bien lo echo tanto de menos que me enfermo en el otoño y echar de menos aquí a los que echo de menos todo el año es intolerable. Comer, escribir y dormir no son suficientes para mí, así cualquiera se transforma en cucaracha. Fácilmente te reduces a ser: La que estudia en Sevilla, interesante al principio, pero de poca resistencia de atracción. Las posibilidades de relaciones a largo plazo son casi inexistentes porque, no es que tenga un flight risk, es que tengo el billete de avión comprado. Cuando estoy, suelo estar tan available que las semanas de visita se me vienen encima y no las aprovecho. Me paso quejándome (que raro...) y en negación cuando ya me queda menos de un mes. En el fondo, temiendo que esos cuatro gatos que habitan mi círculo, se resignen a la idea de que no estoy, que no quieran volver a aferrarse para que mi iminente partida les haga menos daño. Así es, tengo miedo. No puedo evitar sentirme como una cucaracha en baile de gallinas.

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